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Arquitectura para una nación. Can Zariquiey, de Josep Miàs

Una nación necesita señas de identidad. Todo aquel que ha querido construir un proyecto nacional ha puesto encima de la mesa ese hecho. Algunas veces estas señas existen naturalmente, en otras ocasiones son fruto de la particular estructura socioeconómica del territorio, y en un tercer caso son creadas.

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Requeriría un análisis mayor que el que este texto puede ofrecer, pero es indudable que Catalunya cuenta con una arquitectura particular, y un cierto estilo de arquitectura catalana es reconocible a simple vista. El ejemplo que encontramos en las imágenes, la ampliación y rehabilitación de Can Zariquiey, es uno de esos edificios que supuran estilo catalán por sus múltiples fachadas. En la obra de rehabilitación liderada por Josep Miàs, los manierismos y tics de arquitectos catalanes como el difunto Enric Miralles, Josep Lluis Mateos, David Closes, Carme Pinós, Alfons Soldevilla o RCR Arquitectes aparecen en primer plano y, tan evidentes como son, amenazan con no dejarnos contemplar la obra que hay detrás.

No es complicado hacer un repaso histórico y ver cómo la arquitectura ha servido de telón de fondo de la tragicomedia de la política. Thomas Jefferson, el tercer presidente electo de los Estados Unidos, trajo consigo de Francia el gusto por el Neoclásico, como así lo demuestra su propia vivienda, Monticello, realizada al estilo del arquitecto del cinquecento Andrea Palladio. Del mismo modo que los revolucionarios franceses, los estadounidenses adoptaron modelos griegos para contarle al mundo que una democracia, como aquella ateniense de la Antigüedad, era posible. Que los americanos eligieran, en lugar de las poleis griegas, los modelos imperiales romanos es harina de otro costal.

Con el invento de las autonomías en el estado español, hubo una cierta tentativa del Gobierno Vasco para crear una suerte de lenguaje arquitectónico propio, también derivado del clasicismo, de alguna manera. En aquella época el posmodernismo cercano a la Tendenza italiana -un equivalente arquitectónico de una chaqueta con hombreras- pegaba fuerte, y muchas instituciones vascas se subieron al carro, como lo demuestra la Ikastola Txingudi de Hondarribia, obra de Miguel Garai, o las numerosas bases de la Ertzantza que jalonan Araba, Gipuzkoa y Bizkaia -con la notable excepción del cuartel de Erandio. Sumemos a esto ayuntamientos, casas de cultura, edificios administrativos…todo contribuyó a que la Comunidad Autónoma Vasca tuviera un pequeño papel destacado en la vanguardia arquitectónica europea. Sin duda la propia escuela de arquitectura de Donostia, perteneciente a la EHU, tuvo un papel en la difusión de ese “estilo vasco”, en contraposición a otra línea seguida por la escuela de Iruña, que se mantuvo más fiel a un funcionalismo que venía de otra época.

En Catalunya, al mismo tiempo, venía cociéndose el entuerto de Barcelona 92, y ahí es donde podríamos colocar la piedra angular de la potencia catalana en arquitectura. Aunque se incluyeran figuras internacionales (Gehry, Isozaki), los catalanes supieron valorar el talento local, y la lista de participantes en la reconversión de la ciudad es larga y conocida: Oriol Bohigas, Lluis Clotet, Oscar Tusquets, Carlos Ferrater…

Casi veinticinco años más tarde, Josep Miàs firma un proyecto de rehabilitación, con dos edificios existentes a los que hay que añadir un nuevo espacio destinado al tratamiento de enfermos mentales. Al contrario que sus equivalentes de los años 90, Miàs y su equipo se enfrentaban al problema de la preexistencia. El edificio existete pertenecía a la Comunidad Terapéutica del Maresme, y fue construído en 1911 por el médico Ricardo Zariquey, al estilo de los indianos que volvían de las Américas. A ese edificio se sumaron dos más en 1993, y apenas diez años más tarde se vió la necesidad de volver a ampliar, celebrándose un concurso en el que Miàs resultó ganador.

Tal vez la clave del éxito de la propuesta de Miàs se basa en convertir un espacio central, un patio, en parte de los recursos del centro para tratar a los enfermos mentales. En una publicación editada por su propio estudio, comparan el patio con el lago Walden donde Henry Thoreau se retiró en 1854 a escribir “La vida en los bosques”. Ese espacio central se dota de celosías, deployees, y mamparas que ayudan a realizar el paso de los espacios terapéuticos de planta baja a las zonas públicas, o bien a las habitaciones privadas. Es ese momento, cuando se contempla el edificio con los ojos del paciente, en el que los estilos, las naciones, y los fuegos de artificio pueden desaparecer.

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