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Centro Biokilab, de Taller Básico de Arquitectura

La arquitectura es una disciplina que basa mucho de su juego en el material en el que se construye el edificio, o al menos una de las escuelas de pensamiento así lo promulga. No en vano existe aquella historia que cuenta cómo Louis Kahn, gran arquitecto estadounidense del siglo XX, le pregunta al ladrillo qué es lo que quiere, para después escucharle decir que quiere ser un arco. Muchos son los arquitectos que disfrutan de una forma arquitectónica por el mero hecho de estar realizada en este o aquel material.

BIOKILAB

Cada material, además, impone sus reglas. Difícilmente se podría haber construido un Museo Guggenheim en Bilbo de no ser porque esas velas hinchadas al aire se construyeron con pequeñas piezas de acero unidas entre sí, para luego recubrirlas con planchas de titanio. Si Gehry hubiese visto un edificio de ladrillo, difícilmente habríamos visto esas formas tan libres. Del mismo modo, los arquitectos Javier Pérez Herreras y Javier Quintana, miembros de Taller Básico de Arquitectura, probablemente se vieron seducidos por la idea de la caja de hormigón armado que levita sobre la suave pendiente del Parque Tecnológico de Araba. Y es que el proyecto de los laboratorios Biokilab se puede contar de muchas maneras, entre las cuales se encuentra la frase que los autores eligieron como título del proyecto: “Cajas de aire”. Tal y como reza ese título, el edificio no es más que una cascara vacía destinada a albergar las actividades de servicios analíticos enfocadas al diagnóstico y tratamiento de enfermedades. Los dos arquitectos compaginan la práctica profesional con la enseñanza universitaria y la investigación arquitectónica, razón tal vez suficiente para que fueran elegidos para representar al Estado español en la VIII Bienal de Arquitectura de Venecia, y tal vez por eso podemos encontrar maneras ocultas de analizar la obra. La manera “visual” de contar esta obra pasa por lo evidente: dos cajas de hormigón, material pesado, una piedra artificial, que se elevan sobre unos soportes, en comparación ridículos.

Las dos cajas están unidas por un pasillo casi invisible y se colocan la una contra la otra con un pequeño ángulo, como si una moviera a la otra. Cada lado de la caja se agujerea con una ventana, haciendo que las carpinterías se conviertan en una fina línea casi imperceptible. Las cajas, vistas desde este punto de vista visual de contar las cosas, parecen como caídas del cielo, arrojadas por una mano invisible que, con sumo cuidado y delicadeza, coloca unas piedras pesadas sobre unos enclenques soportes. Con esto, no hay duda, los autores crean una tensión entre lo pesado y lo ligero. Esto nos lleva a pensar que tal vez haya más maneras de contar esta obra, maneras que arreglarían el entuerto de pensar que los arquitectos hayan querido transmitir la fragilidad de una creación propia. Y es en esto que nos encontramos con la estructura, pintada con un rojo intenso, como si de un pintalabios en una noche afortunada se tratara. Si “contamos” este proyecto desde el punto de vista de la estructura, todo encaja mucho mejor; los autores han hecho de la estructura el punto central del proyecto. Las cajas de hormigón están sujetas por dos vigas de acero, en forma de cruz. Estas vigas dejan en voladizo los extremos de la caja, punto delicado, donde tradicionalmente se coloca un pilar. Pero no, de nuevo los autores prefieren poner al espectador contra las cuerdas, crear una situación tensa e incómoda. Si seguimos mirando con los ojos de la estructura, los muros nos descubren que, en realidad, no son muros, sino vigas gigantescas, encargadas de sujetar esa esquina a la cual, de modo tan incómodo, la estructura ha dado la espalda.

Las ventanas, únicos huecos, se colocan en lugares estratégicos, donde la monstruosa viga que conforma el muro no sufre tensiones, para así evitar el menoscabo de su capacidad de carga. Ambas maneras de contar el proyecto son correctas y nos llevan a la misma conclusión, la de un edificio que juega a dos bandas: nos hace pensar en dos cajas de hormigón que levitan, pero hace gala de una estructura que en comparación parece frágil. Al mismo tiempo, nos pone en alerta ante lo aparentemente ilógico de su disposición constructiva, ya que esa estructura –en apariencia demasiado liviana– se coloca en el lugar menos adecuado y así aparece de nuevo esa tensión, esa cosa “incómoda”. El hormigón impone sus reglas. El acero, también. Taller Básico de Arquitectura, como buenos inventores, han sabido cuáles eran esas reglas y han querido trasgredirlas, haciendo que lo pesado pareciera ligero, que la estructura y el edificio se convirtieran en una misma cosa.

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