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Dedos alzados y arquitectura. Las lecturas del gesto de Frank Gehry

La peineta de Frank Gehry ha sido una de las mejores excusas para poder hablar de arquitectura en los corrillos de amigos, en los bares, en las tertulias. Básicamente, se hablaba de dos casos: por un lado nos encontrábamos con la actitud de “Oh, sorpresa”, referida sin duda a ese 98 % de la arquitectura que según el angelino es “pura mierda”. Por otro lado, tenemos a una parte de la opinión -sobre todo de arquitectos- que se solidariza ante un gesto que indica el hartazgo de la profesión ante el papel de chivo expiatorio a la que los arquitectos son relegados en ciertas ocasiones.

gehery

Expliquemos, pues, que pocos arquitectos son capaces de realizar la parte estratégica de un proyecto, y se conforman con realizar la parte formal y urbanística del encargo. Pensemos en el arquitecto como, por ejemplo, un modisto. No es un símil exacto, ya que el modisto no necesita una persona para crear, sino que crea para un tipo de persona, pero hagamos ese ejercicio. El cliente que entra en la boutique del modisto busca “vestirse de”, sabiendo que el aura de creador -ese valor inmaterial- lo rodeara apenas se calce esos pantalones o esa falda. No obstante, el diseñador no tiene la capacidad de hacer frente a los deseos del cliente, que es, en ultima instancia, el responsable de la combinación, el estipendio y la elección de las prendas.

Los arquitectos que mas han sufrido la etiqueta de “arquitectos espectáculo” han labrado su fama, en la gran mayoría de los casos, a través de proyectos públicos, con dinero de todos. Esos proyectos son, casi exclusivamente, lanzados mediante concurso, es decir, con unas reglas de juego de adjudicación redactadas por la propia Administración. Esos proyectos son revisados por técnicos que tienen el deber de garantizar tanto la viabilidad técnica como la económica, y por lo tanto el fallo de los concursos debería estar controlado, al menos en su aspectos material. Abriendo un paréntesis, otra cosa a estudiar seria la perversión de ese sistema cuando aparece la figura del partenariado publico privado, cuando lo Publico aparece únicamente como paganini, y es la propia gestión privada la que decide quien entra a construir, como sucedió en la pasarela de Zubizuri, el estado San Mames Barria, o en cierto modo el Museo Guggenheim de Bilbo.

Pero volviendo a la suposición de que tanto las reglas del juego como el control de las ofertas recae sobre la Administración, el sobrecoste de gran parte de los proyectos es patente, como se ha podido ver en varios proyectos. ¿Se podría achacar al diseño de los arquitectos estos sobrecostes? Los grandes divos pueden esgrimir ciertas excentricidades, como la de Alvaro Siza, ordenando la colocación de un falso techo en el garaje del Bizkaia Aretoa de la UPV/EHU, pero excentricidades aparte, los grandes desvíos se basan en 3 factores.

El primero vendría con la falta de definición de los deseos de los clientes (la Administración), que muchas veces buscan un edificio-activador, sin darse cuenta que el programa a desarrollar es tan importante o mas que el edificio en si. El segundo sería la búsquedas de las bajadas de honorarios y de presupuestos, que en los últimos tiempos llevan a las constructoras a presentar bajadas temerarias que se licitan sin rubor alguno por parte de la Administración. Por último, tendríamos la búsqueda de edificios icónicos ha resultado en una arquitectura que busca lograr un efecto explosivo, cortoplacista.

Este tercer factor parece que lanza piedras contra el dedo erecto de Gehry, pero el lo explica sin cortapisas: “No pido trabajo, no tengo publicista, no estoy esperando a que me llamen”. Sin llegar a creer a pies puntillas algo que el responsable de dos empresas globales como Gehry Partners y Gehry Technologies, lo cierto es que, siguiendo con el símil anterior, es el cliente quien entra en la boutique de Gehry para conseguir ser el mas guapo de la fiesta, y que la gente se acerque a el.

Esta líneas, en definitiva, pretenden presentar al arquitecto no como un santurrón dedicado a un bien eterno, la arquitectura con mayúsculas, sino la parte mas visible de un proceso que, cuando falla, lanza al arquitecto a la hoguera convirtiéndolo en un chivo expiatorio.

El fallo del arquitecto esta en no entender que su actividad es política pecando de una inocencia adecuado; cuando un arquitecto recibe un encargo, solamente piensa en hacerlo lo mejor posible, en plazo, en presupuesto y, por supuesto, imprimir una impronta con su particular signatura en la ciudad. Pero debemos ser conscientes de que detrás de ese dedo existe una legión de técnicos, políticos, promotores, constructores, que ganan mucho mas que el propio arquitecto, y que además son protegidos por ese dedo.

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