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Fábrica de hierbas y tierra. Ricola Kräuterzentrum, por Herzog & de Meuron

Jacques Herzog y Pierre de Meuron son dos arquitectos de sobra conocidos por el público general y especializado en arquitectura. Radicados en Basilea, Suiza, han participado en la fiesta de la arquitectura de los 90 y el 2000 estatal, firmando proyectos como el edificio Forum de Barcelona, el edificio Caixa Forum de Madrid o el Tenerife Espacio de las Artes.

ricola

Saltaron a la fama internacional como los diseñadores de las bodegas Dominus en Yountville, California, donde utilizaron gaviones rellenos con piedra local para crear un impresionante muro que se fundía con el paisaje del valle de Napa y los viñedos circundantes. Fue el primer paso a una nueva concepción de la materialidad en los cerramientos arquitectónicos. Era el año 1995, y a partir de entonces, y en parte gracias al desarrollo de la técnica constructiva y nuevos materiales, comenzamos a ver fachadas de vidrio con sistemas de iluminación automatizados, fachadas de lajas de bambú, fachadas vegetales, fachadas con chapas perforadas con láser… El espectáculo de la fachada mediática había comenzado.

No obstante, es importante entender la relación de los suizos con la empresa Ricola, comenzada ya en el año 1983 con la reforma de unas oficinas. Pocos años más tarde, en 1987, se les encargó el diseño de un pabellón que, además de levantar interés por el uso austero y a la par inteligente del cerramiento, se señala como importante en el desarrollo de la innovación de la empresa por ser un almacén automatizado. Otras dos obras en años siguientes, uno en Francia y otro en Suiza, ratificaron a los dos arquitectos como valores jóvenes en una arquitectura que buscaba dar un añadido de valor a empresas privadas.

El centro de hierbas, o Kräuterzentrum, de Laufen, es un ejemplo del valor añadido que la arquitectura puede ejercer en algo tan “árido” en principio como la edificación industrial; nos solo se ha planteado una distribución funcional y acorde con los procesos de cortado, secado y almacenaje de las hierbas que sirven como materia prima de los productos Ricola, sino que se ha buscado un muro con un comportamiento energético favorable y pasivo. El edificio se suma a la moda del “kilómetro cero”, ya que se ha construido -al menos en lo que las fachadas se refiere- con materiales provenientes de 10 kilómetros a la redonda.

El edificio cuenta con una estructura principal tradicional, de entramado de hormigón armado prefabricado. Su interés y novedad radica en los muros exteriores, imponentes moles de 45 centímetros de ancho compuestos por paneles de 4,35 metros por 1,34 metros y 4 toneladas de peso cada, y que han sido formados en taller con arcilla y marga de la propia excavación. Para evitar que la lluvia y el viento erosionen las paredes, se colocaron verdugas, es decir, líneas de refuerzo, compuestas con mortero hidrófugo con árido volcánico para darle resistencia al muro. Y con eso, basta. El muro es una máquina de almacenar calor, debido a su gran inercia térmica, al mismo tiempo que repele el agua por un proceso natural de saturación. Podría pensarse, tal vez, que el único coste aparente -ya que el material no lo suponía-, era el tiempo, ya que el edificio tardó 16 meses en construirse, un tanto elevado para este tipo de edificaciones industriales.

La tendencia actual a la vuelta a los orígenes es clara; el mismo Norman Foster predicaba con el ejemplo en el máster plan de Masdar, en los Emiratos Árabes, donde se utilizaban las trazas de las ciudades mesopotámicas para ventilar los espacios públicos. En este caso, las reminiscencias de la construcción suiza nos llevan a cualquier lugar donde la materia prima fuera escasa y la necesidad abundante: viviendas tradicionales de Lanzarote, con sus muros de basalto, barro y paja; casas torre de Yemen, con muros de piedra y tierra…

¿Es una alternativa viable? La bioconstrucción tiene un largo predicamento internacional en viviendas unifamiliares, donde la tasa de autoconstrucción es, además, notable. Sin embargo, la construcción se encuentra en un momento muy tecnificado, donde más allá de los recelos de los usuarios o promotores, los diseñadores se encuentran sin amparo legal y normativo a la hora de aplicar muros de tierra como parte estructural del edificio. El edificio de Ricola no deja de ser una curiosidad, tal vez motivada por un afán de protagonismo y publicidad, pero da la oportunidad de abrir un debate sobre la conveniencia o no de flexibilizar la legislación en cuanto a la bioconstrucción.

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