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Filmoteca de Catalunya, de Josep Lluís Mateo

El edificio de la Filmoteca de Catalunya, de Josep Lluís Mateo, no tiene vocación de adaptación, no al menos de un modo evidente; sus paredes desnudas parecen inconclusas, a la espera de recibir su tratamiento final. El gris del hormigón armadode los muros aparece taladrado por unas formas circulares, que no son más que los bulones de un gigantesco armado de acero postensado. Parece casi un mueble recién montado de Ikea. Camuflando un poco el objeto, tenemos unos tamices de acero cortén, colocados a poco más de un metro de la fachada y que tienen como objetivo filtrar el sol del Mediterráneo antes de que llegue al interior.

Sería imposible describir la Filmoteca de Catalunya, proyecto del arquitecto Josep Lluís Mateo, sin hablar de todo lo que rodea al edificio, ya sea en el plano físico como en el ideológico o político. Y es que solo tendríamos que alzar la mirada, girar la cabeza unos 120º, para ver que nos encontramos en pleno Raval barcelonés, en pleno “chino”, y que la trama urbana, compuesta por pequeños callejones y cárcavas, nos habla de un barrio muy particular dentro de esa ciudad del espectáculo –o ciudad mentirosa, depende de con quién hables– en que se ha convertido Barcelona.Es imposible describir un edificio sin su contexto. Si continuamos girando la cabeza de esos 120º hasta los 240º, asistiríamos a un espectáculo que solo puede denominarse como salto en el tiempo: ante nosotros, tendríamos la fachada trasera de la sede de la UGT, construcción que remata una plaza interna dominada por la torre del hotel Raval de la cadena Barcelò. Esa pequeña plaza escolta la mítica Rambla del Raval, eje vertebrador de la vida pública de un barrio que no ha dejado de sufrir transformaciones desde que se aprobara el Plan Especial en 1985, en plena efervescencia pre-olímpica.

La Filmoteca de Catalunya se construyó sobre unas ruinas romanas, como todo el barrio. De ese modo, y como sucede en este tipo de inmuebles destinados al cine, el edificio es un descenso a lo oscuro, a lo subterráneo. De paso, se pretendió no ser demasiado grosero con las construcciones colindantes y respetar la cota máxima de las manzanas próximas para introducirse dos pisos enteros en el subsuelo, hasta que las normas de evacuación de incendios lo permitieran.Ese volumen enterrado duplica al volado, siendo el edificio un juego entre un prisma enterrado que descansa sobre otro que ha emergido. Esa sensación de roca emergida parece que haya sido una constante dentro de la mente de Mateo, ya que todo en este proyecto demuestra una necesidad de imponerse: el uso de una estructura postensada de hormigón armado para eliminar apoyos intermedios en la planta hace que los muros se conviertan en gigantescos tirantes; casi podríamos decir que, más que una obra de construcción arquitectónica, el edificio se parece a una obra de ingeniería civil, tan brutal es su lenguaje. Consciente de su potencia, esa roca tectónica se retranquea en los pisos inferiores para poder crear unos pórticos o porches. Sin embargo, es un lenguaje atractivo a los ojos de los diseñadores; es basto, crudo, y eso es impactante y rabiosamente actual. Los muros de hormigón adolecen de revestimiento y puede que en parte haya sido debido a un ajuste presupuestario, pero, en cualquier caso, utiliza adecuadamente la capacidad del hormigón de adquirir la textura del cofre en el que se vierte, antes de que endurezca. Es una técnica barata, antiquísima y muy efectiva a la hora de trabajar con texturas.

Ese lenguaje atractivo lo es, sobre todo, para aquellos habitantes de la manzana, o illa, de la calle Robadors que llegaron hace unos años a habitar un barrio que el gobierno de la ciudad había pronosticado bohemio y cool. Sin embargo, las quejas vecinales por los constantes disturbios, prostitución y delincuencia conviven con esas reivindicaciones, también vecinales, por la destrucción y gentrificación de un sector que siempre ha vivido a merced del centro urbano. De hecho, algunos autores colocan el nacimiento de la expresión “casco antiguo” en el Raval, ya que después de la construcción del Eixample, lo que debía de ser una trama urbana igualitaria derivó en una especulación en la cual sería la burguesía, y no la clase trabajadora, quien adquiriera los pisos de las manzanas ideadas por Cerdà, quedando las clases menos favorecidas a merced del hacinamiento en la Ciutat Vella. Ubicado en pleno barrio del Raval barcelonés, entre pequeños callejones y cárcavas, el edificio de la Filmoteca de Catalunya es un juego entre un prisma enterrado que descansa sobre otro que ha emergido.

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