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Imanol Ordorika, arquitecto

La fotografía, en un desgastado blanco y negro, nos muestra una playa dominada por un edificio rectangular de siete plantas que recorta horizontalmente un cielo azul, telón de fondo de la escena. A su alrededor, nada más que palmeras y sombrillas. La fotografía está tomada en 1958, año en el que se inaugura el Hotel Elcano, en Acapulco, México, obra del arquitecto mexicano Imanol Ordorika Bengoechea.

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Es posible que, en una realidad alternativa, Ordorika pudiera haber firmado un proyecto de idénticas características en un Levante mediterráneo que por aquel entonces comenzaba a dar pasos tímidos hacia la explotación turística. No obstante, el origen de Imanol Ordorika Bengoechea, hijo de exiliado vasco, hacia poco probable que el Régimen le pusiera las cosas fáciles.

El padre de Imanol Ordorika fue inspector del puerto de Lekeitio, y tuvo el encargo de transportar a México, a bordo del yate Vita, los fondos del moribundo gobierno de la Segunda República. A la madre y a los otros dos hermanos de Imanol, los también arquitectos Nile y Jokin Ordorika, los sacó de Euskal Herria el escritor Estepan Urkiaga, Lauaxeta,y tras dos años de estancia en Francia, llegaron a un México, país que estaba a punto de embarcarse en un programa para mejorar la calidad de vida de sus habitantes.

Es precisamente el lugar de nacimiento de Ordorika, la localidad de Lekeitio, la que ha albergado este mes de agosto una retrospectiva sobre la obra arquitectónica, plástica y escultórica del arquitecto, en la Sala Barandiaran y por mediación el Instituto Etxepare y la Escuela de Arquitectura de Donostia.

El exilio de los arquitectos de la República ha comenzado a ser un objeto de estudio serio en los últimos años, tanto de los que fueron exiliados geográficamente, como Sert, Bonet o Tomás Bilbao como de los que fueron desterrados profesionalmente, como Chueca Goitia; tras la Guerra Civil, el Consejo Superior de Colegios de Arquitectos, organismo estatal existente hoy en día, pidió informes ideológicos a las delegaciones territoriales para saber la afinidad al nuevo Régimen de los poco más de 700 arquitectos ejercientes en el estado español. El motivo era la pura y llana represión y venganza a aquellos no afines, como Fernando Chueca Goitia, inhabilitado durante diez años.

Del medio centenar de arquitectos exiliados, 7 de ellos provenían de Euskal Herria, y tres de ellos recalaron en México, que fue uno de los países de acogida más numerosa de refugiados. Entre estos arquitectos se encontraban Tomás Bilbao, arquitecto y miembro fundador de Acción Nacionalista Vasca, Juan de Madariaga y Arturo Sáenz de la Calzada.

La situación de estos arquitectos era bien distinta a la de los hermanos Ordorika; naturalizados mexicanos, Imanol estudio junto a sus hermanos en la Universidad Nacional de Arquitectura de México obteniendo el título de arquitecto en 1952. Tan solo dos años más tarde comenzaría a impartir clases en esa misma universidad, actividad que desempeño hasta el año mismo de su muerte, en 1988.

Es en 1958 cuando nos encontramos con el proyecto del Hotel Elcano. Ordorika, como gran parte de su generación, abrazaba el Racionalismo como estilo que libraría el arte de toda ideología -siendo esto, paradójicamente, una actitud bastante ideológica. Bien es cierto que en el caso de Ordorika, la preocupación por el estilo se dejaba de lado ante tres ejes siempre presentes en su obra: por un lado, el tratamiento del agua, por otro lado el control del Sol, y por último, los materiales vernáculos.

En los dos primeros elementos encontramos una constante estética repetitiva, como las gárgolas que aparecen en el teatro de Mexicali, en la casa para Emilio Sacristán o en la casa Bengoechea. El control solar aparece en numerosas ocasiones, siendo la más evidente en el Hotel El Cid. A esas características habría que sumarle su actividad como escultor, que hacía que ciertas partes de sus obras más personales, como por ejemplo la gárgola de la casa Bengoechea, fueran algo más que elementos constructivos.

En definitiva, Ordorika representaba una arquitectura que quería colocar la construcción a escala humana, aunque la historia no le haya otorgado esa virtud. A diferencia de los citados Josep Lluis Sert o Antonio Bonet, Ordorika no tuvo que pasar esas fases del exiliado, llegó directamente a la última fase, correspondiente a cuando el exiliado se identifica con el país de origen. Imanol Ordorika, aunque se sabía vasco, nunca dudó de su nacionalidad mexicana, y siempre amó y agradeció a ese país que tanto le había dado.

Esto es un fragmento del artículo se publicó originalmente en el suplemento Zazpika del periódico Gara. Para leer el artículo completo, puedes ir a la página de Zazpika. Puedes encontrar este y otros contenidos en la página web de Zazpika.

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