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La casa Luz de Arquitectura G

Arquitectura-G es un estudio compuesto por arquitectos que no han conocido otra cosa que la crisis. Su media de edad –en torno a los 34 años– hace que todos hayan tenido que ejercer la arquitectura con una formación de “grandes obras”, pero con los zapatos de unos presupuestos paupérrimos. Sin embargo, este estudio compuesto por cuatro amigos de la facultad –dos de ellos guipuzcoanos– ha conseguido hacer de la necesidad una virtud. Un ejemplo de eso lo tenemos en la casa Luz.

casa luz

Luz es el nombre de la propietaria, quien siempre había querido  tener una segunda residencia en Extremadura. Cuando, por boca de un amigo, supo que una fundación a favor de la recuperación del patrimonio histórico se estaba dedicando a vender a un precio muy ventajoso fincas en Extremadura, solo preguntó: «¿Hay alguna con huerta?». Una casa en Cilleros,  provincia de Cáceres, venía con  una hermosa higuera, y aquello le debió de bastar.

La fundación pedía, a cambio de la ventajosa transacción, que se rehabilitara la casa. La propietaria llegó hasta los arquitectos Jordi Ayala-Bril, Aitor Fuentes, Igor Urdampilleta y Jonathan Arnabat, esto es, Arquitectura-G, y depositó una confianza solo limitada por un apretado presupuesto.

Extremadura sufrió, durante la década de los 50 y 60, un éxodo masivo que vació sus pueblos. El mismo Cilleros vio reducida su población a la mitad. Es por eso que la propietaria entendía que una inversión en la casa nunca podría ejecutarse con una mentalidad especulativa. La construcción debía de ser de calidad, pero su tamaño debía ser mínimo.

Tal vez esa necesidad de reducir los metros cuadrados construidos fuera la que forzó la inclusión de un patio interno, que a la postre articula toda la planta y permite que no exista – atención– ni una sola puerta en la casa, si se exceptúan las de los baños. Mediante un patio se eliminaba el “exceso” de metros cuadrados, al mismo tiempo que se ventilaba y se abrían al exterior las estancias restantes.

Esa apertura al exterior es una de las primeras disonancias con las que un proyecto burgués –entendido como urbanita– como este se encuentra en una zona rural; tradicionalmente, las construcciones de alrededor han buscado un interior oscuro, fresco, y sin relación con el medio natural circundante. Es natural, si se labriega sin  descanso durante todo el día, uno desea llegar a casa y aislarse.

Del mismo modo, los arquitectos decidieron colocar un abedul en mitad del patio. El abedul, árbol caduco, permitiría sombra en verano y luz en invierno, al tiempo que proporcionaba cierta intimidad entre las estancias. Este gesto, poético e insertado en el pensamiento moderno arquitectónico desde la Casa Curutchet de Le Corbusier, supuso la segunda disonancia con el modo de vida lugareño. ¡Un árbol en casa! Según los proyectistas, los vecinos –en su mayoría, trabajadores del sector de la agricultura– vivieron esto con asombro y  perplejidad.

Estas dos disonancias, la relación dentro-fuera y la relación con el medio natural, se explican desde el punto de vista de un urbanita; la casa mantiene unas fachadas discretas con el exterior, pero introduce dos elementos poco habituales en la arquitectura tradicional: naturaleza viva e iluminación.

Es, tal vez, esa sinceridad en el planteamiento la que luego se refuerza con la elección de los materiales: los pisos intermedios se diseñan ligeros y el tablero cerámico aligerante se deja visto, expresando un gusto por una disposición parca de los materiales que en estas páginas hemos llamado low-chic. El suelo de la planta baja, que se entiende como una continuación de la calle, siguiendo con el gusto por lo clásico, se cubre de baldosín catalán, barnizado para que refleje la luz solar. Es sobrio, pero elegante; busca una modernidad con la disposición de materiales tradicionales.

Repasando el currículo de Arquitectura-G las palabras “presupuesto”, “reducido” y “ajustado” aparecen una y otra vez. La gente de esa generación precaria ha debido elevar el diseño a niveles que recuerdan a las carencias de acero en la posguerra mundial, cuando el diseño partía de la base de un trabajo manual barato y una materia prima cara. Afortunadamente, este tipo de proyectos nos recuerdan que el auténtico valor de una casa está en su  funcionalidad, en su relación entre el afuera y el dentro, en su comportamiento climático, en su adaptabilidad. Tal vez este nuevo periodo postcrisis nos ayude a valorar la idea del edificio por encima de los aplacados que simulan sillares en las ventanas.

Este artículo se publicó originalmente en el suplemento Zazpika del periódico Gara. Puedes encontrar este y otros contenidos en la página web de Zazpika.

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