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Los diez mandamientos del príncipe. Política y New Urbanism

El príncipe de Gales, Charles Windsor, ha sido un largo amante de la arquitectura, y esa pasión lo ha llevado, durante las últimas décadas, a crear una fundación para la enseñanza del urbanismo y la construcción, a editar una revista de arquitectura e incluso a planificar una población entera del sur de Inglaterra. Abrazó lo que se vino a llamar New Urbanism, nuevo urbanismo, y ha sabido perdurar en su empeño durante las últimas tres décadas.

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La relación entre los poderosos y la arquitectura existe desde el inicio de la práctica de la disciplina, al ser un arte con una necesidad material para poder sublimarse del mero hecho constructivo; desde la alineación de menhires en Bretaña hasta los Grand Projets de François Mitterrand, la arquitectura que perdura ha requerido la inversión de esfuerzo y capital humano, material y simbólico, y normalmente los poderosos han servido como catalizadores de esos procesos.

No obstante, no es sencillo encontrar declaraciones fundadas y con cierto criterio -sea este del agrado de uno o no- en este sentido. No obstante, las coincidencias de grandes líderes políticos hablando sobre arquitectura se acumulan poco a poco. La última nota la dará Bill Clinton en la convención anual del American Institute of Architecture, el AIA, que reune anualmente a 20.000 profesionales, y al cual el expresidente ha sido invitado como conferenciante estrella. Este mismo año, además, hemos tenido las declaraciones del lider chino Xi Jiping, decretando que “ya basta de arquitectura extraña”, aludiendo al despropósito formal que había tomado los grandes proyectos de la República.

Y ahí es donde nos encontramos con Charles, o Carlos, si así se prefiere. Con la crítica arquitectónica casi unanimamente en contra, el príncipe acaba de publicar un decálogo para la práctica de un urbanismo más maduro, y ha vuelto a agitar el polvo que levantó en esa mítica conferencia que dió en 1984, en el 150 aniversario del Real Instituto Británico de Arquitectura, el RIBA.

Para ponernos en situación sea necesario revisar esa lectura de hace 30 años. “¿Por qué no podemos tener un diseño con curvas y arcos que expresen sentimientos? ¿Qué hay de malo en ellos? ¿Por qué ha de ser todo vertical, recto, solo en ángulo rectos y funcional?” Esa perla, extracto de su discurso de 1984, iba dirigida directamente contra los arquitectos que llevaban construyendo desde 1945 un Londres condicionado por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. En ese mismo discurso se lanzaban una salva de críticas contra el proyecto de ampliación de la National Gallery firmado por Ahrends, Burton y Koralek, que habían planteado un proyecto en la línea de Piano y Rogers en el Pompidou, de estilo high-tech. El príncipe emprendió una particular cruzada contra este proyecto, que finalmente fue encargado a Brown y Venturi, que ya estaban bailando a ritmo de un neoclásico kitsch en plena posmodernidad arquitectónica.

En cualquier caso, Carlos decía ciertas cosas muy sensatas en su discurso, cosas que ha seguido diciendo y que atesora en ese decálogo recién publicado: “Una de las primeras preocupaciones del arquitecto debe ser el modo en que la gente vive, el entorno en el que habitan y el tipo de comunidad que generan”. Ese espíritu se filtra en el decálogo, siendo su primer punto el diseño pensando en el entorno y el paisaje. Por si fuera poco, en 1984 el propio Carlos mencionaba la necesidad de garantizar una accesibilidad universal a los espacios urbanos para personas con movilidad reducida, aduciendo que “un gran número de nosotros hemos desarrollado el sentimiento de que los arquitecos diseñan casas para recibir la aprobación de otros arquitectos y críticos, y no para los habitantes”.

Supongo que hay que ir más allá de las palabras y acercarse al pueblo de Poundbury, en la comarca de Dorset, al suroeste de Inglaterra, para ver qué tipo de comunidad crea este pensamiento; algunos amarían ese entramado de casas de una o dos plantas, como salidas de un relato de Jane Austen, ladrillo rojo sobre tejado de pizarra, y verían que es un urbanismo con una tremenda escala peatonal, y con una sensación placentera que lo envuelve. Otros verían una perversión de los modelos tradicionales en una versión cockney de Celebration, el pueblo artificial promovido por la compañía Walt Disney, y un canto a la uniformidad, al pensamiento único y a la celebración de un ideal arquitectónico artificial.

Lo cierto es que el pensamiento avanzado en urbanismo y arquitectura contemporánea baraja muchos de los valores que el príncipe Carlos ha defendido, más allá de la pátina tradicionalista que posee. Y en cualquier caso, es interesante observar a uno de los poderoso siendo sensible y consciente del tremendo impacto del urbanismo y la arquitectura en nuestro día a día.

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