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Ludwig Mies van der Rohe: 126 años

Este es un texto que trata sobre la obra y figura de Ludwig Mies van der Rohe, arquitecto y precursor de muchas de las obras que hoy en día conforman nuestra ciudad. Pero, haciendo un ejercicio poco elegante, antes de entrar en materia, debemos hacernos unas cuantas preguntas: ¿qué sabemos de arquitectura? ¿Hay una cultura arquitectónica suficiente entre la población? ¿Es esto necesario, deseable?

mies

Siguiendo con otro ejercicio poco elegante, reproduciré las palabras del arquitecto y crítico de arte italiano, Bruno Zevi: “El público se interesa por la pintura y la música, por la escultura y la literatura, pero no por la arquitectura. Sin embargo, todo el mundo es dueño de apagar la radio, desertar de los conciertos, aborrecer el cine y el teatro, y de no leer un libro, pero nadie puede cerrar los ojos frente a todas las edificaciones que integran la escena de la vida ciudadana.”

Esto se escribió en 1948, y pese a que la difusión de la arquitectura, en los últimos veinte años, se ha convertido en algo habitual en diarios y revistas -este propio texto es prueba impresa de ello-, el conocimiento de la cultura arquitectónica se ha diluido entre la multitud de nuevas vedettes que saltan al panorama.

Siguiendo con eso tan poco adecuado como son las anécdotas, he aquí una que involucraba a nuestro querido Ludwig: hace poco, un familiar de una compañera de estudio mandó, urbi et orbi, una fotografía en la que aparecía en una fiesta en el Pabellón de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, obra de Mies, reconstruida en 1986 y visita obligada de quien se acerque a Montjuic de visita. ¿Sospecharían los alegres asistentes a tan sofisticado cocktail que la situación en la que la fiesta transcurría era pareja a tomar un vino en un bar con un Picasso colgado detrás de la barra?

Es algo habitual. Ante la pregunta de “¿Conoces el nombre de algún arquitecto?”, tan solo afloran al hipocampo nombres mediáticos del tipo calatravescos, o foráneos, como Gehry o Foster. Excavando un poco más profundamente, el único nombre de un arquitecto de Euskal Herria que llegue al gran público sea el del gran Rafael Moneo. Y, por supuesto, preguntar por arquitectos que no copen titulares, o estén incluidos en topónimos es ya tarea imposible.

Probablemente si el ávido lector ha llegado hasta aquí, sea uno de esos que sí puede enunciar más de media docena de nombres de arquitectos y arquitectas sin que le tiemble la voz. Y, probablemente, a este lector le llamaría la antención, hace ya algunas semanas, el doodle del sitio de búsqueda Google (ese dibujito de portada, que cambia a segundas de la fecha), que mostraba una vista del Crown Hall del Illinois Institute of Technology, con motivo del 126 natalicio del arquitecto alemán.

Hablemos, ahora sí, del arquitecto alemán; Mies tiene una de esas biografías en las que la leyenda comienza desde el propio principio. A los catorce años entró a trabajar con su padre, que era cantero, y después de una serie de trabajos relacionados con la parte más física de la construcción, aquella en las que las manos se manchan de todo menos de tinta, en 1905 dejó su Aquisgrán natal para marcharse a Berlín, donde, poco a poco, fue aprendiendo el oficio desde distintas perspectivas hasta que llegó al recién montado estudio de Peter Behrens, otro gigante de la arquitectura del entresiglo. Es decir, que llegó al tablero de dibujo con un profundo conocimiento sobre la manera de construir esas líneas dibujadas, al modo de un Bernini del siglo XX.

Mies perteneció a una generación de arquitectos que tuvo el cometido de inventar: inventar nuevas tipologías de edificios, maneras de aplicar técnicas nuevas relacionadas con el hormigón armado, el acero y el vidrio, inventaron nuevas maneras de ordenar la ciudad, métodos baratos para reconstruir un continente devastado por dos guerras mundiales. La primera época de Mies, esa anterior al nazismo en Alemania, supuso un constante y convulso periodo de inventiva, acerca de nuevas maneras de habitar, de aplicar el arte abstracto a unos edificios que cada vez se hacían más esbeltos, menos pesados, menos opacos.

Esa inventiva inicial se consolidó como método cuando Mies, ya emigrado a los EUA, propuso un sistema constructivo que fue adoptado por la lógica constructiva del capitalismo para la construcción del nuevo imperio nacido de las cenizas de enemigos y aliados, después de la victoria de 1945. Si alguien se pregunta qué sistema es ese, solo tiene que darse una vuelta por el centro de cualquier ciudad “global”, y alzar la mirada hacia arriba.

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