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Lujotectura en Tokio. Edificio Omotesando Keyaki, de Norihiko Dan

Ya lo venía diciendo Rem Koolhas, cuando hablaba de los rascacielos de Manhattan: ciertos edificios hablaban a gritos, con voz profunda y una pretensión de destacar sobre el vecino. Las motivaciones de ese griterío varían de edificio en edificio, pero los voceríos más agudos vienen sin duda del mundo empresarial. Cuando quieres marcar un lugar en la ciudad, demostrar que eres poderoso y atractivo, la sutileza se suele dejar de lado.

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Pocos lugares del nuevo milenio representan mejor esa tendencia urbana que la zona de Omotesando en Tokio, a caballo entre los ku o barrios-ciudades de Shibuya y Minato, en el oeste de Tokio. Durante la primera década prodigiosa del milenio, la alianza de la arquitectura y las marcas de ropa de alto standing sirvieron de laboratorio para la investigación en materiales y nuevas tipologías.

De ese modo, las marcas legitimaron su relación con la ciudad a través de grandes nombres de la arquitectura; cuando hablábamos de Louis Vuitton, hablaríamos de Jun Aoki, al hacerlo de Prada, vendría a la cabeza los suizos Herzog & de Meuron, y sucedía lo mismo con los binomios Tod’s-Toyo Ito, Dior-SANAA o Gyre-MVRDV, por citar algunos de los más conocidos. Es notable el hecho de la escala de estos edificios: aunque algunos de los citados son descomunales (tómese por ejemplo el complejo Omotesando Hills del venerado Tadao Ando), el parcelario de Tokio impone su orden, y nos da admirables piezas de arquitectura como la pequeña tienda Luce de la arquitecta Kazuyo Sejima, o la tienda de Marc Jacobs de Jaklitsch & Gardner, que rivaliza con el gigante de Prada.

Una de las últimas joyas de esta “lujotectura” (del inglés luxutecture, o “arquitectura del lujo”) es el edificio diseñado por Norihiko Dan & Associates para la firma alemana Hugo Boss. La manzana donde se ubica el edificio de Hugo Boss es un ejemplo muy pertinente del griterío que se apodera de la ciudad tardo capitalista. El edificio aparece ante el paseante como un tronco arbóreo petrificado, con unos nervios de hormigón que se retuercen levemente mientras completa sus ocho plantas de altura. El edificio forma un remate de manzana que tiene como segundo plano el edificio de Tod’s, obra de Toyo Ito, ganador del Pritzker en 2013. La relación de los dos edificios es armónica, equilibrada, aunque Hugo Boss gana claramente el diálogo entre los dos volúmenes.

Pero no siempre fue así. El edificio de Tod’s-Ito se completó en 2004, y se diseño originalmente cuando en lugar del edificio Boss-Norihiko existía un pequeño edificio de seis plantas, de estilo occidental y cubierta amansardada. Al construirse el edificio de Tod’s-Ito, este ocupaba un solar en forma de “L”, con lo que el pequeño edificio se mostraba pequeño, cobijado bajo un protector abrazo de un volumen moderno, con una fachada que simulaba el desarrollo fractal de un árbol. A través del contraste entre las combinaciones viejo-nuevo, clásico-moderno, bajo-alto creaba una polifonía de voces, que daba por resultado una melodía en la que la voz cantante era la del edificio Tod’s-Ito.

Pero si una cosa caracteriza a Tokio, es la palabra “mutabilidad”. En septiembre de 2013 finalizó la construcción de la pica en Flandes de Hugo Boss en Tokio, y Norihiko Dan tuvo la lucidez de repetir esa polifonía con el edificio de Tod’s-Ito. De ese modo, la canción que se entona no es disonante, pero la balanza se decanta por el más joven del coro, dando relevancia a Hugo Boss frente a Tod’s.

Pese a que las novedades sobre Japón nos hablen siempre de proyectos ingeniosos y atractivos, la verdad es que la polifonía japonesa se caracteriza por un respeto por la comunidad. Los procesos de sublimación de la arquitectura en Europa, cuando un edificio rompe absolutamente con el entorno construido, no cuajan en Japón por el mero hecho de la continua destrucción y reconstrucción de su entorno urbano. Al no tener un sentimiento tan enraizado como el europeo de defensa del patrimonio, sus edificios mutan constantemente, por lo que lo nuevo solo se compara con lo menos nuevo, no con lo antiguo. Ese respeto mutuo rivaliza en ocasiones con los neones y pantallas LED con agresivos anuncios en las fachadas urbanas, pero acaban adquiriendo un curioso efecto de fachada unitaria.

Desde ese punto de vista, y entendiendo que la realidad de Japón es particular -pero extrapolable a toda ciudad global-, deberíamos de reflexionar sobre cuándo un edificio grita de modo disonante, y cuándo canta en voz alta, a la espera de encontrar otras voces con las cuales crear una melodía.

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