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Neobrutalismo

Aunque el término “brutalista” es una moneda de cambio habitual para aquellas personas que conocen la historia de la arquitectura moderna, es siempre curioso ver la reacción de aquellos que escuchan el término y no conocen este estilo surgido en la Europa de posguerra. Y es que cuando un edificio se denomina brutalista, el adjetivo suele encajar como un guante: edificios con hormigón visto, donde la estructura aparece desprovista de pudor, con una presencia imponente y amenazadora.

Viviendas Islas Canarias - FOTOGRAFO Carlos Garmendia

El brutalismo nunca consiguió ser un estilo popular, pese a que, precisamente, trataba de establecer una conexión directa con el espíritu humano en un momento de la historia moderna en el que la ciudadanía de las urbes europeas tenía el espíritu roto por los horrores de las guerras. Una nueva manera de construir, una nueva arquitectura, es lo que se buscó para el Nuevo Orden Mundial. Durante las dos décadas que duraron los estertores del proyecto brutalista, el estilo fue poco a poco identificándose con determinadas actitudes de control económico y social, y acabó siendo uno de los estilos modernos más vilipendiados de la edad moderna.

Habría que empezar entendiendo las circunstancias que llevaron a arquitectos como Alison y Peter Smithson a diseñar este tipo de edificios. En 1946 se promulgó en Gran Bretaña la Ley de ciudades, mediante la cual se pretendía crear 2.500 escuelas nuevas en la década de los 50, así como ocho nuevas ciudades que seguirían el modelo de ciudad-jardín y serían la respuesta a un territorio muy tocado por las bombas de la aviación nazi. Surgía entonces la premisa de construir mucho en poco tiempo, en un mundo cambiado radicalmente en apenas siete años. De ahí surgió el deseo de crear “La casa del futuro”, como lo llamaron los Smithson, y de romper con las tradiciones previas a la guerra, orientadas en parte a la nueva artesanía de William Morris y en parte, a la arquitectura más tradicional. Es ahí donde los Smithson realizan la ampliación de la Universidad de Sheffield, en 1953, y empiezan ese estilo, al menos formalmente, ya que los orígenes de un estilo nunca llegan como una línea roja marcada en el suelo.

Con el tiempo, ese estilo fue adoptado principalmente en equipamientos públicos, y se creó una imagen que pocas veces se asoció con la renovación social que sus autores pretendían en primera instancia. El uso del brutalismo como arquitectura predominante en el ámbito universitario se puede comprobar directamente en el Campus de Leioa de la EHU/UPV. Este campus, construido, según se dice, alejado de las poblaciones principales para poder controlar posibles revueltas originadas en él, adopta todos los postulados del brutalismo: estructura de hormigón armado vista y totalmente evidenciada; separación en distintos niveles del tráfico peatonal y el automovilístico; volumetría pura y prefabricación. La propia universidad ha comenzado un trabajo de “lavado de cara” encargando a grupos de arquitectura, como el vizcaino Estudio K, responsable de la modificación del Rectorado, la adecuación de los edificios a parámetros lás amables y energéticamente más eficientes.

Otro ejemplo famoso en el área metropolitana de Bilbo lo encontramos en las viviendas municipales de la calle Islas Canarias, en Deustu, obra del arquitecto Rufino Basáñez y conocidas popularmente como “Casas americanas”, o “Casas feas”. El edifico está construido dejando en evidencia su parte estructural, y tiene como símbolo reconocible una caja exterior de escaleras concebida casi como una escultura.

Es precisamente en el ámbito residencial donde el brutalismo ha recibido las críticas más duras, injustificadas en muchas ocasiones. Un ejemplo es el Robin Hood Gardens, un complejo residencial diseñado por los Smithson, sobre el cual ha planeado la sombra de la demolición durante casi una década. Diseñadas como viviendas sociales con un parque interior, estas edificaciones representan el estereotipo de viviendas sociales problemáticas, viéndose cómo poco a poco las rejas metálicas se iban adueñando de los paños de vidrio.

Mucho habría que decir sobre el nivel de trabajo social y mantenimiento que debería de implementarse en una zona, descargando la culpa de una estructura social fallida con procesos de ghettización, de las espaldas de la arquitectura. En cualquier caso, el imaginario que llevó a los arquitectos a sacar la estructura a la vista partía de la base de una clase media incipiente en la década de los 50, no de una urbanización destinada a alojar a personas con mínimos recursos económicos.

El campus de Leioa de la EHU/UPV (a la izquierda) y las viviendas municipales de la calle Islas Canarias, en Deustu, son dos claros ejemplos de arquitectura brutalista.

 

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