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Pabellón Porsche por Henn Architekten

El edificio es continuo, fluído, y sus paredes eternas; no sabrías decir dónde empieza el muro y dónde la cubierta. No sabrías decir, de ningún modo, por dónde se entra, a qué deidad está dedicado ese templo, para qué uso se ideó.

porsche

Aún así, el pabellón diseñado por Henn Architekten bajo el auspicio de la marca de automóviles Porsche es un objeto bello por sí mismo, y siendo la arquitectura un arte inevitable, eso debería de bastarnos; la manera en la que lo vertical se tuerce y se convierte en horizontal, creando un gesto hacia el lago del parque Autostadt, en la ciudad alemana de Wolfburg. Colocado trás la fábrica de Volkswagen, el pabellón de Porsche es uno de los siete pabellones existentes que muestran las bondades de marcas como Volkswagen, Bentley, Škoda, Audi, Seat o Lamborghini.

La historia de Porsche está ligada al diseño más puntero: siendo el más pequeño de los fabricantes alemanes ndependientes, es al mismo tiempo la empresa de fabricación de automóviles más rentable. La historia de los coches Porsche (dejando a un lado ese frustrado affaire que tuvieron con la Wermacht) comienza en 1948, con el mítico modelo 356. La compañía es la historia del genio del profesor Ferdinand Porsche y la continuación de su hijo Ferry Porsche, creador del primer prototipo de Porsche 911.

Del mismo modo, el estudio de arquitectura que firma esta obra es un legado padre-hijo; Gunter Henn, actual director de la oficina fundada en Munich en 1979, heredero directo de la oficina de su padre Walter Henn. Su lista de trabajos es amplísima, siendo uno de esos estudios o firmas de arquitectura que han sabido internacionalizarse y llegar a mercados como el chino.

Más allá de las promociones en el delta del Río Perla en China, el estudio se vuelve pequeño para dar importancia a la semántica en la arquitectura; en esa semántica los símbolos tienen mucha importancia, y no es baladí que el edificio se asemeje a una cueva que protege, a su vez, un ascenso (o descenso, según cómo se mire) hacia el conocimiento, esto es, los Porsche que se encuentran expuestos. El edificio es una gigantesca cubrición de una rampa que continúa con el paseo del lago, y que se introduce en el edificio para llegar a un nivel inferior, todo al tiempo en el que se degusta la exposición. Para salir de ese espacio, tendremos una escaleras que nos llevarán directamente al lago, y que nos harán volver al Mito de la Caverna platónico.

Seguimos con los símbolos: bajo una primera mirada, el edificio parece estar construído en uno de esos hormigones blancos, pulidos, que se colocarían del lado de esa idea de caverna; por torpeza, por facilidad de ejecución, o simplemente por practicidad el equipo de diseño decidió que era más sencillo tender una estructura de cerchas metálicas, para luego revestirla. La materialidad -esa cualidad en la cual un edificio se convierte en algo geológico, tectónico- desaparece, pero aparece otro símbolo inequívoco de la industria automovilística: el revestimiento.

Como si de un armazón de un Porsche 911 se tratara, a las cerchas o vigas de acero se las recubrió con placas de acero inoxidable, de acabado mate, mecanizadas con la forma necesaria para que, una vez ensambladas y pulidas las juntas entre ellas, el volumen se apreciara como un material continuo, vertido en una única lechada, o tal vez una roca que hubiera sido erosionada por la subida y bajada de la marea imaginaria del lago del Autostadt.

La relación entre la arquitectura contemporánea más puntera y la industria automovilística se remonta muchos años atrás; hemos tenido romances duraderos entre arquitectos como Norman Foster y la Renault, en el centro de distribución de Renault en Swindon, Reino Unido, así como con BMW y Zaha Hadid, en Leipzig, u otros edificios para la misma marca firmados por Coop Himmelb[l]au o Atelier Brückner. Sin irnos más lejos, la propia Porsche creó un museo en la ciudad origen de la marca, Stuttgart-Zuffenhausen, y firmado por el arquitecto vienés Delugan Meissl.

Ese matrimonio diseño-arquitectura es algo viejo; el propio Le Corbusier daba vítores al automóvil, ensalzando la máquina como máximo exponente del ingenio humano, además de hacer una comparación la nueva arquitectura que en los albores del siglo XX se estaba gestando; al igual que un coche, la arquitectura debía de adaptarse a la medida de las personas, y no al contrario. Los símbolos, en este caso, se alejan de ese funcionalismo, ya que lo que está en juego en este pabellón de Porsche es la experiencia, una fenomenología que nos diga que, para conseguir un coche, entraremos en las fauces de la tierra para emerger con la iluminación necesaria.

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