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Sobre la altura y el poder

Alto, más alto, aún más alto. ¿Hasta cuánto? ¿Y para qué? La altura es un símbolo, algo que demuestra nuestra riqueza
–o carencias– a los otros. No hay duda de que, en arquitectura, la altura ha sido un factor determinante para la visualización de la pericia técnica y el poder económico de las familias, las ciudades o las naciones. La altura de los edificios, tal vez en mayor medida que cualquier otro parámetro urbanístico, ofrece claras lecturas sobre el mundo pasado y presente.

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Sin ir más lejos, el diseñador gráfico y creador de mapas esloveno escondido bajo el nombre Halcyon creó una serie de infografías por continentes comparando, a través de la historia, los edificios más altos, clasificados en función del continente donde están localizados. De ese modo, podemos asistir al absoluto dominio de la cuenca mediterránea de África, empezando por la Gran Pirámide de Giza, con 146,5 metros, seguida del Faro de Alejandría, con 137 metros, liderazgo que continuó hasta bien entrado el siglo XIII.

Los ejemplos de la necesidad de exponer el poder son numerosísimos y su historia radiografía nuestra evolución como sociedad. En Europa, por ejemplo, los edificios más altos desde la caída del Imperio Romano de Occidente eran exclusivos de la Iglesia; a la postre el organismo que más interesado estaba en el sentido simbólico de la altura. Esa progresión de arquitectura religiosa en altura se rompió en Europa con la construcción de la Torre Eiffel en 1889, símbolo por antonomasia del poder tecnológico de la construcción en acero. Un testigo recogido –y no soltado hasta el nuevo milenio– por Estados Unidos, que demostró otro tipo de devoción, no a Dios en este caso, sino al capital, con nombres de «iglesias modernas» como los edificios Woolworth, Chrysler, Empire State o World Trade Center, en cuya destrucción también encontramos una bisagra de la historia reciente. Si seguimos leyendo la historia de los flujos de capital mundial, llegaremos hasta el Burj Khalifa en Dubai, de 828 metros.

El Council on Tall Buildins and Urban Habitat es una organización que recoge cada año los, a su parecer, mejores edificios altos, y anualmente  también elige un ganador. Esta es una excusa tan perfecta como cualquier otra para echar un vistazo a los centros de Sobre la altura y el poder
poder económico actuales. Como no podía ser de otra manera, el nuevo World Trade Center aparece en la lista de los favoritos. Diseñado
por la superfirma Skidmore, Owings & Merrill, el edificio adquiere su mayor fuerza en la urbanización circundante, donde se ha creado, respetando los huecos de las dos Torres Gemelas, un parque memorial al gusto y medida del sentimiento estadounidense. Sin embargo, el varapalo a la ciudad del 11-S animó visiblemente la promoción económica de edificios en altura y por primera vez se empezaron a ver desfiles de arquitectos ganadores del Pritzker (los célebres starchitects o arquitectos estrella) sobrevolando sobre proyectos de edificios residenciales: Frank Gehry, en el distrito financiero;
Jean Nouvel, en Chelsea y en un orden de altura menor, pero siempre en edificación residencial, Zaha Hadid y Shigeru Ban en Chelsea; Roger Stern (sí, el del centro Zubiarte de Bilbo), en el Upper West Side, e incluso el propio Alvaro Siza anunciaba que construiría un edificio de 35 plantas en el West Side.

El discurso de los edificios en altura es tan delicado, tan proclive a revelar injusticias sociales y urbanas, que los arquitectos que se dedican a ello pueden caer bajo el síndrome del creador, apareciendo ante el público como demiurgos que todo lo pueden y todo hacen. Ole Scheeren, famoso por su edificio Interlace de Singapur, referido en estas mismas páginas, declara que, en lo relativo a las alturas, «lo importante no son los modelos de altura, sino los modelos de densidad». Es decir, que un edificio en altura puede existir, pero la ciudad debe tener una densidad, una altura en conjunto que garantice que el territorio se usa de modo sostenible medioambiental y socialmente.

La mala prensa de los edificios en altura ha sido, precisamente, su utilización en operaciones de revalorización de barrios, a golpe de retroexcavadora y cubeta de hormigón, como hemos visto en la Torre Iberdrola de Bilbo o la Torre Agbar de Barcelona. Y sin embargo, cualquier planeamiento urbanístico que quiera plantear una ciudad ecológicamente eficiente, tendrá que manejar la densidad, es decir la altura, como un parámetro a tomar en cuenta. Como decía Scheeren, esto no es cuestión de quién tiene más, sino de cómo se reparte.

Esto es un extracto de un artículo publicado originalmente en el semanal ZAZPIKA. Puedes encontrar este y otros contenidos en la página de naiz.info.

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